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Desahogo

Público·4 miembros

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Lo que llevaba dentro

Para contar esta historia necesité armarme de mucho valor. No porque sea la gran cosa ni porque nadie más la haya vivido, sino porque durante mucho tiempo me llenó de pena y vergüenza.Desde niño viví bajo un régimen religioso. Mi casa era de esas donde se escuchaban frases como «prefiero un ladrón antes que un maricón» o «en esta casa no hay maricones». Lo que entonces no imaginaba —porque yo ni siquiera sabía reconocerme en esa palabra— era que aquellas puyas iban dirigidas a mí: buscaban intimidar a la loca que ellos veían venir, creciendo.

Yo era de los que rezaban todos los días y pedían protección para mis queridos padres, mi hermano mayor y mi tía, la jamona, extremadamente religiosa.


Con el tiempo notaba cambios en mí que intenté esconder o quitarme refugiándome en la Iglesia. Me hice monaguillo, iba a misa y trataba por todos los medios de ahogar aquellas sospechas de que algo malo iba a pasar. Entendía que, si Dios era tan poderoso y la religión tan buena, no habría forma de que uno de sus hijos pudiera caer en aquel pecado en el que yo sospechaba que caería.


El padre José llegó un sábado al pueblo. El antiguo sacerdote estaba bastante mayor y pronto se marcharía. Yo tenía diecinueve años. Aún recuerdo aquella mirada penetrante; sentí que me desnudaba la mente. Hasta llegué a pensar que sabía lo que yo ocultaba en lo más íntimo de mi conciencia.


—Hola, Junior. Eres el monaguillo, hijo de doña Josefa, ¿no?

—Sí, padre, soy yo.

—Eres muy religioso, según me cuentan.

—Sí, padre. Eso intento: seguir los caminos del Señor.


A partir de ese momento, yo asistía al padre en todo… en todo.

En todo, menos en eso que ustedes están pensando. Al menos, no por ahora.

No sé en qué momento caí en el gancho, pero terminé siendo evaluado por todos para ser seminarista. Ahora que lo pienso, quizás fue una treta familiar para evitar lo que veían venir. O quizás yo les seguí el juego porque tenía la esperanza de ahogar eso que comenzaba a sentir.


Eso que me impedía bañarme desnudo en el río con los demás chicos de la iglesia; que me hacía agachar la cabeza cuando hablaban de chicas; que me impedía participar en las competencias de quién lo tenía más grande o quién hacía pipí más lejos. Esa misma fuerza que me llevaba a admirar el torso del padre mientras lo ayudaba a ponerse la sotana.


Cuando ingresé al seminario ya era adulto. Allí, al compartir con otros chicos, terminó de despertar algo que me puso en conflicto conmigo mismo. Comencé a preguntarme si estaba allí por complacer a mi familia o por callar lo que llevaba dentro.

Me sentía hipócrita. Por primera vez pensé que vivir aquella mentira podía ser más ofensivo para Dios que ser quien yo era.


¿Debía seguir mintiendo y desagradar a Dios, o permitirme ser feliz como él me había creado?


Continuará…

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